sábado, 4 de mayo de 2013

El barrio de Santa Catalina y San Agustín (I)

 

A principios del siglo XX, un plan urbanístico generó la construcción de la Via Laietana. Para ello se derribaron más de 2.000 viviendas y desaparecieron 82 calles, además de dividir el centro histórico en dos mitades: por un lado el Barri Gòtic y por otro los barrios de Sant Pere, Santa Caterina y la Ribera.
 
 
 
Los conventos medievales de Santa Catalina y San Agustín dieron nombre a este barrio, que conserva el antiguo trazado medieval, con calles estrechas, retorcidas y entrelazadas De las construcciones medievales quedan todavía algunos vestigios aunque la mayoría de edificios fueron reformados durante el siglo XVIII o XIX.
 
 
 
Iniciamos el recorrido en el Mercado de Santa Catalina (Av. Francesc Cambó, 16). Está situado en el solar  donde se encontraba  el antiguo convento gótico, fundado a principios del siglo XIII. No queda prácticamente nada de aquel edificio ya que, tras la desamortización eclesiástica del siglo XIX, los dominicos fueron exclaustrados y se derribó uno de los dos claustros para abrir la calle Freixures.
 
 
Más tarde sufrió un incendio en 1835 que, aunque no causó grandes daños, sirvió de pretexto para derribarlo y construir en su lugar, en 1848, el primer mercado cubierto y en recinto cerrado, de la ciudad.
 
 
En 2005 se inauguró la remodelación del nuevo mercado, según proyecto de los arquitectos Enric Miralles y Benedetta Tagliabue. De la obra destaca especialmente la espectacular cubierta ondulada de mosaicos de colores. La lástima es que está pensada para ser vista desde el aire y no puede apreciarse realmente a pie de calle.
 
 
Está sostenida por una estructura metálica y con acabados en madera.
 
 
En un anexo del mercado  se exhiben restos del antiguo convento de Santa Caterina.
 
 
 
En la parte trasera del mercado, en la Plaza de Santa Caterina 1, se encuentra este edificio de la segunda mitad del siglo XVIII y actualmente restaurado. Está decorado con esgrafiados y destaca una hornacina que contiene una imagen de la Virgen.
 
 
 
 
Cruzamos por la calle Semoleres, una pequeña calle con entrada abovedada, típica de estos barrios, que atraviesan las casas para dar acceso a las calles transversales. Durante años se permitió construir por encima de las entradas y salidas de las calles como fórmula para ganar espacio.
 
 
 
 
Por aquí accedemos a la Plaza de la Llana, que fue antiguamente un mercado de platos y ollas y posteriormente de lanas. Es un espacio irregular donde convergen diversos callejones, a los que se accede a través de arcadas. También nos encontramos en una calle que cambia de nombre según el tramo: Bòria, Corders y Carders. La mayoría de estas calles llevan el nombre de los gremios que allí se ubicaban.
 
 
 
Caminamos por la calle Corders, que lleva el nombre del gremio de artesanos de cuerda. Aquí nos encontramos con la pequeña capilla románica de Marcús (siglo XII). El lugar donde está situada corresponde a la antigua Vía Franca, el antiguo camino romano que salía de la ciudad hacia Francia. Esta ermita formaba parte de un antíguo hospital  y un albergue para viajeros y transportistas de mercancías en la edad media. Fue sede de la "Cofradía de los Correos a Caballo ya Pie" la primera organización postal que existió en Europa. Sólo se abre en momentos determinados, por lo que es difícil coincidir con ella abierta.
 
 
Avanzando, la calle cambia de nombre y ahora es Carders.  De esta calle destacaré un edificio de época medieval que fue la sede del gremio de Carders (cardadores de lana).
 
 
Llegamos a la Plaza de Sant Agustí Vell. La plaza cuenta con una parte medieval porticada, aunque la mayor parte de los edificios son de los siglos XVIII y XIX.
 
 
 
Desde aquí vamos a la calle Comerç.  Por curiosidad podemos acercarnos a la cercana calle Petons. Bajo este nombre tan bonito se esconde una historia que no lo es tanto: según la tradición este nombre proviene del hecho de que los condenados a muerte, que se dirigían a morir a la vecina ciudadela, se despedían aquí de sus familias.
 

 
Seguimos el recorrido. En el número 36 de la calle Comerç se encuentra el antiguo Convento de San Agustín.
 
 
Construido a partir del 1349, fue durante cuatrocientos años el centro de la vida del barrio. Durante el asedio de Barcelona, ​​en 1714, resultó muy dañado. Actualmente se conservan algunos restos como un ala del claustro gótico, del siglo XV, integrado dentro del nuevo edificio.
 
 
A mediados del siglo XVIII, sobre los restos del convento, se edificó un cuartel militar.
 
 
Como curiosidad del edificio os puedo contar que en los 3 portales barrocos, coronados con el escudo real, podemos encontrar esculpidos bajo el frontón los signos masónicos del compás y la escuadra (en realidad en la actualidad sólo puede verse en dos, ya que uno desapareció en tiempos de Franco).
 
 
La orientación es distinta en cada puerta: en la de la derecha la escuadra mira hacia la izquierda, en la del centro indica hacia abajo, y en la de la izquierda se cree que lo hacía a la derecha. Eso da a entender que la puerta central era la principal.
 
 
Actualmente en la caserna de San Agustín hay instalaciones municipales y el Museo de la Xocolata. El museo hace un recorrido sobre los orígenes y difusión del chocolate.
 
 
Atravesamos por la plaza Plaza Pons i Clerch y llegamos a la placita de la Puntual. La preside un busto  del artista Santiago Rusiñol, que nació a pocos metros de aquí, en la calle Princesa 37. En su obra El auca del señor Esteve hace referencia a una tienda que es la que da nombre a esta plaza.
 
 
Y de momento lo dejo aquí, ya continuaremos paseando por este barrio y descubiendo curiosos rincones la semana que viene.
 

viernes, 3 de mayo de 2013

El Turó Park


En esta entrada del blog os quiero enseñar un pequeño rincón de Barcelona que forma parte de mi infancia. Mis abuelos vivían no muy lejos de aquí, en el Eixample, y en una zona con pocos espacios verdes, era una visita casi obligada si se quería pasear con niños.
 

Es uno de los parques históricos de Barcelona, que actualmente celebra sus 100 años de historia. 



El acceso a la entrada principal está situado en la avenida Pau Casals. En esta avenida, decorada por naranjos y parterres de flores, encontramos una escultura dedicada a éste músico catalán, obra de Josep Viladomat (1940).



 
Llama la atención en esta escultura la expresión concentrada de su rostro, escuchando y disfrutando de la música.

 
Frente a la entrada del parque, otra obra arquitectónica rinde homenaje al violonchelista. Situada en una plaza ovalada, y dentro de un pequeño estanque, se situa esta obra de Apel·les Fenosa.


De estructura vertical en forma de llama, tiene una cara cóncava dedicada a la música, y otra convexa con un poema de Salvador Espriu elogiando a Casals.



Está decorada con ángeles musicales.


La obra es de 1976, pero no se emplazó aquí hasta 1982.


El parque está dedicado al poeta Eduard Marquina, uno de los grandes nombres del teatro histórico español y de la poesía modernista de principios de siglo. Muchas de sus obras están influenciadas por el pasado glorioso de España y el imperio perdido.


No obstante, ha predominado su nombre popular, Turó Park, que es como se llamaba el antiguo parque de atracciones que aquí se instaló en el año 1912 y que funcionó hasta 1929. Fue una importante zona de recreo, el recinto disponía de una amplia plaza de fiestas, pista de patinaje, caballitos, coches eléctricos... Más tarde se añadirían atracciones como un teatro de marionetas, el Scenic Railways (una montaña rusa), el globo aerostático, la Galería de la Guerra o la Casa Encantada, que hicieron las delicias de la burguesía más selecta de la ciudad.


Situado en una extensa finca propiedad de la familia Bertrand-Girona, en 1917, ésta se vio afectada por su inclusión en la previsión de espacios verdes de Barcelona. Nicolau M. Rubió i Tudurí fue quien propuso la trama urbanística, pensando en un jardín de uso básicamente vecinal, con la seguridad de que Barcelona se dotaría de espacios parecidos. La realidad no fue así, y desde su inauguración en 1934, el Turó Park fue el único espacio verde de la zona durante décadas.


La entrada al parque está presidida por una zona con encinas recortadas desde donde parten cinco caminos radiales.


Es un lugar recogido, elegante y acogedor. Un espacio con sombras, parterres de hiedra, caminos curvilíneos y rincones paisajísticos de gran belleza.


Los caminos perimetrales de la izquierda nos llevan hasta un área de juegos infantiles.


Un poco más allá, llegamos a dos de los espacios más bonitos del parque: el estanque y la pradera. El estanque es ovalado, está rodeado de chopos y plátanos y cubierto de nenúfares.




Este estanque, ya existía cuando era un parque de atracciones.

A principios de siglo aquí se podía navegar en unas réplicas exactas de góndolas venecianas, ricamente adornadas, que daban vueltas al lago y que causaron furor, poniéndose de moda.

Actualmente se ha realizado una limpieza del fondo del estanque y de las plantas que lo cubrían.

 

Una superviviente, seguramente abandonada. No es la única tortuga que pude ver.


Por encima se extiende una gran pradera presidida por majestuosos tilos. Actualmente replantada ya que éste es el aspecto que tenía hasta hace poco:

 
A pesar de existir al lado una zona específica para perros, éstos se apodedaron de la pradera (¿o lo hicieron sus dueños?). Ahora podemos verlo así, pero eso sí vallada:


En la pradera, destaca una pieza de bronce que rinde homenaje al escritor Eugeni d'Ors, La bien plantada, de Eloïsa Cerdan (1961).



Si giramos a la derecha encontraremos la plaza del Teatret. Uno de los recuerdos de infancia en el Turó Park: el espectáculo de marionetas y obras de teatro para niños que se representaba en este pequeño escenario.

 
Justo enfrente, un quiosco de bebidas nos invita a hacer una pausa, para tomar el sol en invierno, y para disfrutar de una sombra en verano.



 
Al lado de plaza del Teatret, y justo en medio del jardín, un rinconcito romántico: un cobertizo de aire mediterráneo, presidido por un ciruelo de hojas rojas.





Más allá de esta zona, llegamos al parterre principal del jardín: el de Boulangrin: dos filas con dieciséis magnolias, con un cuidado parterre en el centro y un riachuelo de agua que lo atraviesa.


Alrededor encontramos bancos de piedra, y al fondo del conjunto una estructura en bronce: Biga de la Font de l'Aurora, de Joan Borrell i Nicolau (1929), dedicada al dios Helios, y que representa una biga (carro tradicional) tirado por caballos.



En el lado opuesto, un rincón flanqueado por altos árboles que en verano convierten este rincón en uno de los más agradables del parque.


Detrás, otra zona perfectamente delimitada, decorada con un pequeño estanque y más parterres

 

Esta zona queda cerrada por estos excepcionales y hermosos árboles:



A lo largo del parque podemos encontrar dos tipos de señalización: por un lado, un recorrido botánico nos acerca al conocimiento de las principales especies del parque; por otro, un recorrido literario nos permite visitarlo de mano de reconocidos poetas.

Yo me despido aquí con unos versos de Salvador Espriu,


 

Bajo la lluvia,
árboles, camino, silencio,
vidas lejanas.
Sin rencor miro
como mi paso se borra.